La pobreza a debate

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Esteban Beltrán, Director de Amnistía Internacional en España, acaba de publicar un libro con el título Derechos torcidos, cuya lectura puede resultar ilustrativa. Entre otras cosas y acerca de la pobreza, propone que los responsables de los desajustes que provocan la pobreza sean llevados ante los tribunales.

No es sin duda mala la propuesta. Su argumento surge de la analogía con los juicios internacionales a criminales de guerra, a dictadores que han producido desapariciones y muertes, así como desplazamientos de poblaciones enteras a las que han sumido en el horror y la miseria.

Esta sería una solución ejemplar. Esos grandes hombres de las finanzas y las industrias multinacionales, que se dedican a montar guerras para apoderarse de los recursos naturales, que no tienen escrúpulos a la hora de perseguir a poblaciones indígenas para apropiarse de sus campos, que amenazan y corrompen autoridades para lograr concesiones de todo tipo, estaría bien que, en algún momento, fueran sometidos a un juicio, en el que se pusieran a la luz sus modos de actuación perversos e inhumanos. Sería bueno que recibieran una sentencia justa, que les devolviera en propia carne un cierto sentido de la justicia.

Vivimos en una época, quizá no muy diferente de otras anteriores, en que poco a poco la vida se deshumaniza. Nos sorprendemos de los viejos reyes de Asiria que hacían montañas con los cráneos de sus enemigos o de los faraones de Egipto que enterraban a sus siervos con ellos en las pirámides para que no revelaran el secreto de sus laberintos, pero no nos sorprende que se utilice a las personas como números hoy. No nos causa la menor perturbación en nuestras vidas cotidianas que se robe la tierra de poblaciones enteras, no nos altera que haya miles y miles de refugiados malviviendo en medio del polvo en lugares perdidos de África.

El ciudadano de a pie tiene la impresión de que esas inmensas tragedias, a pesar de su cercanía televisiva, caen fuera de su radio de acción. Mientras llegan esos juicios por atentado contra el derecho a la vida digna, a la salud, al trabajo, a la vivienda, al agua potable o a la educación que provocan miles de muertos, constituyendo un verdadero genocidio, tal vez deberíamos plantearnos un debate sobre la pobreza.

Sólo nos llaman la atención por un instante esas tristes fotografías de niños desnutridos, de madres desesperadas, de hombres y jóvenes con la mirada perdida y cargada con las sombras del horror vivido, hasta que volvemos la página del periódico. Nos pasamos el día hablando de la crisis, sin saber muy bien de qué se trata y perdiéndonos en abstrusos debates sólo para especialistas, pero no reclamamos una palabra o mil palabras acerca de la pobreza que es un hecho evidente y lacerante.

¿No sería hora de dejar de ver programas del corazón, no sería hora de reclamar a los medios que traten este tema y no los ‘dimes y diretes’ de partidos políticos inoperantes y perdidos en sus propias guerras, ajenas a la realidad? ¿No convendría convertir nuestras banales conversaciones de café en verdaderas tomas de posición?

Si poco podemos hacer, tal vez, no sea tan difícil al menos levantar la voz, aunque sea en propuestas cuyo futuro es incierto, como la de llevar a juicio a los responsables de la miseria.
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