Sesenta años de Derechos Humanos

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Se cumplen en estas fechas sesenta años de la Declaración de Derechos Humanos. En muchos lugares se organizan eventos de alto nivel para conmemorar el nacimiento de un texto que todos dicen suscribir.

La Declaración constituye uno de los documentos clave sobre los que se apoyan los principios éticos de la cultura contemporánea. Quizá el más claro de esos documentos, el más contundente y específico.

Su esencia apunta al respeto y defensa de la dignidad humana. Por lo tanto, no es un texto de propósitos, sino una toma de conciencia de lo que nos define como seres vivientes, en medio de la Naturaleza.

Si el respeto a los animales, al medio ambiente, al equilibrio ecológico son defendibles, lo son en la medida en que los Derechos Humanos son respetados y promovidos. Somos nosotros los responsables de responder a la exigencia de nuestra propia dignidad, que ha de extenderse a todo aquello que queda bajo nuestro dominio: Creced, multiplicaos y dominad la Tierra.
Dicho de otro modo, la comprensión de nuestra propia dignidad, su defensa y respeto implican el respeto, la defensa y el reconocimiento de la dignidad de lo que nos rodea.   

Han pasado sesenta años. La explotación incontrolada de los recursos naturales, la desaparición de las especies animales y vegetales, la contaminación de las aguas y del aire no son sino los síntomas de que la Declaración de Derechos Humanos es sólo una declaración de intenciones de las que sólo algunos están convencidos.    

La crisis económica, la guerra, el hambre, la enfermedad, la pobreza y otras formas más sutiles de violencia ejercida por unos seres humanos sobre otros niegan el convencimiento de que la ‘dignidad humana’ es cosa de todos.
Los especuladores, los manipuladores, los apáticos y los indiferentes han perdido su conciencia de dignidad. Las víctimas que ellos generan se ven impedidas de alcanzar el camino hacia la dignidad.   

La Declaración de Derechos Humanos no es únicamente un texto que reconoce pasivamente una serie de cuestiones que afectan a la dignidad, la libertad y la igualdad de los seres humanos. No es un código escrito sobre la piedra.    

Es un texto que debería estar grabado a fuego en nuestro interior. Es un texto activo, vivo, que devuelve a todos la conciencia de sí mismos. Su defensa y promoción no es sólo la tarea de gobiernos e instituciones. Es una labor que nos atañe como individuos. La dejación de esos derechos, la indiferencia hacia ellos, anula nuestra propia dignidad.   

Este aniversario puede ser un aniversario gozoso: Los seres humanos finalmente han reconocido cuál es su propia identidad. Sin embargo, el desprecio a esa identidad común, convierte a esos sesenta años en una efemérides vergonzante y vergonzosa. Para que fuera gozoso, bastaría que consideráramos que nuestra propia dignidad queda disminuida al no respetar la dignidad del otro.

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